
Monté Cala después de nueve años en el spa de un hotel de Sitges, haciendo hasta doce tratamientos al día con temporizador. La clienta pagaba ciento y pico euros y yo no había podido mirarle la piel más de dos minutos.
Cala es exactamente lo contrario de aquello: una cabina, una clienta, la lupa antes que el producto, y el rato que haga falta. Doce años de manos formadas en cadena, puestas por fin a trabajar despacio.
Irene Baró · Cala · Estètica


