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Nada de báscula al entrar. Nos sentamos y me cuentas cómo comes de verdad: la semana real, no la que te gustaría contarme.
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Repasamos tu día a día: horarios, quién cocina en casa, qué hay en tu nevera y qué cenas cuando ya no puedes más.
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Si traes analíticas, las miramos juntas y te las traduzco a idioma normal. Si no, te digo si conviene pedirlas.
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Elegimos dos cambios. Dos, no veinte. Los dos que más van a mover las cosas y que sabes que puedes sostener.
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Esa misma semana te llega el plan por escrito, hecho con platos que ya cocinas, ajustados. Nada de recetas con ingredientes que no sabes ni dónde comprar.