
Soy nutricionista porque crecí viendo a mi madre empezar una dieta cada enero. Todas funcionaban dos meses y todas acababan igual: con ella comiéndose un cruasán a escondidas en la cocina, como si fuera un delito.
Trabajé cinco años en una clínica donde se entregaba la misma fotocopia de 1.500 calorías a todo el mundo. El día que una paciente se echó a llorar en mi mesa porque había «vuelto a fallar», entendí que la que fallaba era la fotocopia. Aquí no hay fotocopias: hay tu nevera, tu horario y un plan que se construye encima de eso.
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